
Descubriendo a Puerto Rico, paso a paso
Por: Julie North

Aquí no hay juego de palabras, es un logro brutal darle la vuelta a una isla usando solo tus dos piernas. Y más aún cuando la isla en cuestión tiene como 353 millas de costa. Paso a paso, durante treinta días, de principio a fin.
En junio del 2020, eso fue exactamente lo que hice.
Caminé por esta isla del encanto, midiendo tanto mis millas como mis bendiciones.
Era el pico de la pandemia—no hace falta entrar en detalles, si estás leyendo esto, lo viviste. Cada lugar en este pedazo de mundo que vuela por la Vía Láctea tuvo sus propias luchas, pero para muchos de nosotros, fue algo sin precedentes. Yo tuve la suerte de encontrarle el lado positivo: explorar mi propio patio, caminar de barrio en barrio en nombre del "ejercicio," conocer más vecinos a través de intercambios inocentes de guineos por carambolas, y depender de mi español a medias y palabras de agradecimiento mientras las bocas se escondían detrás de las mascarillas.
Descubrí muchas cosas al bajar el ritmo—era la primera vez que lo hacía. La única nena en la familia, siempre tratando de seguirle el paso a los nenes, y esa mentalidad me siguió hasta la adultez. Siempre a las millas. Hasta ahora mismo, todavía me recuerdo a mí misma que la vida no se trata solo de producir algo de "valor" en las 40 horas reglamentarias, sino de intención. Y hablando de eso, este año decidí que mi palabra sería "legado." ¿Qué quiero dejar atrás?
El gusto por la aventura.
Por vivir lo auténtico, sin depender de lo que te cuentan. Tienes que verlo con tus propios ojos. Así como los exploradores de antes cruzaban montañas, ríos, desiertos y océanos, tú también puedes ser un explorador, aunque hoy en día todo el mundo sea un influencer—sé impredecible. Sal y descúbrelo por ti mismo.
A tres millas por hora, uno puede pensar en un montón de cosas. Nada más que el sol boricua (y un par de aguaceros en Humacao) y las aventuras que, hasta el día de hoy, todavía recuerdo cada vez que revisito ciertos lugares. Así que, desde mi travesía hasta la que espero sea tuya, mientras alimentas tu curiosidad por esta isla chiquita pero poderosa en medio del Caribe, aquí te dejo un pedacito de mis rincones secretos. Lugares que te hacen suspirar y decir: "¡Boricua de verdad!" Sin más preámbulos, espero que te encuentres felizmente repitiendo esta frase sobre delicias locales, historias compartidas, conexión humana y aventura por el mero hecho de hacerlo.


Lamboglia
Suena italiano, ¿verdad? O como el nombre de una flor exótica con enredaderas que abrazan columnas y se cuelan entre verjas de alambre. Aquí caminé por un paso elevado, lo suficientemente alto como para ver el mar entre las palmas reales centenarias que están bordadas para crear una cinta de lazos, salpicando el cielo y brindando sombra a las vacas blancas y negras cuyas marcas se asemejan a esas pruebas de inteligencia de manchas de tinta que determinan si estás loco o no— y créeme, me lo pregunté más de una vez, caminando sola por este tramo de carretera sin saber qué podía encontrar más adelante. Pero lo único que encontré fue una fila interminable de kioscos vendiendo empanadillas que nunca había probado: cetí, conejo, yuca, guayaba con queso. Me acuerdo bien de ese día. Me comí una docena sin remordimiento, probando cada puesto desde la autopista 53 hasta la carretera 3. Si pudiera repetir un tramo de mi caminata, me pasaría el día yendo y viniendo por esa calle.
Punta Papayo
Con un hotel art deco como punto central, aquí uno se siente como si tuviera que hacerse “teasing” en el pelo y hacerse un moño tipo colmena, subirse los mahones hasta el ombligo y poner a Héctor Lavoe en loop. Como si los 70 nunca se hubieran ido. Las olas son tranquilas, la cerveza siempre está fría, y cada vez que he vuelto, solo hay un par de almas más por ahí. No me importa si le cuentas a tus panas de este sitio, solo apoya a los vendedores locales y, por favor, "usa el zafacón, cabrón."
Piñones
Solo el nombre me da hambre. Aquí aprendí la verdadera razón del chinchorreo: el beber es un ejercicio, y con eso, da hambre. Las alcapurrias son del tamaño de tu brazo. Los bacalaítos, más grandes que tu cabeza. Y los cuentos, más altos que los pinos que se mezclan con las palmas, meciéndose en los mismos vientos alisios que una vez trajeron barcos llenos de esclavos desde África.
A solo minutos del bullicio de Isla Verde y Condado, Piñones es un respiro del calor de la ciudad, con el mar a unos pasos de los kioscos y mesas, llamándote a darte un chapuzón entre bocados. Sin duda, uno de mis lugares favoritos en la isla. Hecho para caminar, con un paseo tablado que se enreda en los bosquecitos de pinos por más de tres millas. Si las sirenas existen, estoy convencida de que salen del agua aquí, cambiando sus aletas por pies solo para probar los sabores de la isla en un domingo de chinchorreo.


Cataño
Prácticamente jerga italiana para "capitán" (capitano), este rinconcito es un escape del corre y corre del Viejo San Juan. A solo 20 minutos en ferry desde el fuerte, cruzando la bahía, te recibe un paseo marítimo con locales tan amables que más de una vez me preguntaron de dónde era, lo que siempre se convertía en una conversación sobre el barrio. Fue aquí donde aprendí más sobre Pedro Albizu Campos y sentí sus palabras hasta en los huesos: "La patria es valor y sacrificio." Fue uno de los momentos más especiales de mi caminata. Y como regla de oro, cualquier fila donde haya gente tomándose un café con leche y cantando Willie Colón, es una buena fila para unirse.
Luquillo
La "Q" siempre es la "clave" aquí, tanto en pronunciación como en esa botella mágica que literalmente lleva un "Don" en su título. De alguna manera, siempre encuentra su camino en cada parranda en Navidad y, seamos honestos, no es coquito sin Tío Q.
Me gusta pensar que este lugar es lo más cercano a los pueblos playeros dormilones de los 80. Aquí el surfing es subestimado, sin mucha gente y escondido entre carreteras secundarias. La Selva es uno de mis "breaks" favoritos. Una derecha perfecta. Aquella mañana tuve suerte, estaba en el agua antes de que el viento entrara. Quizás por eso no hay tanta gente. No importa, uno puede dar la vuelta a la isla en un día, pero Luquillo es una parada obligatoria. Llega de noche a los kioskos, mézclate con los locales, y si invitas una ronda, puede que te revelen otro spot secreto.
Puedes conocer más sobre la travesía de Julie en Instagram.
Julie es parte de nuestra serie de autores invitados. Mira su artículo anterior aquí.